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Del Potro al Niño: intersexuales al margen del sistema

Del Potro al Niño: intersexuales al margen del sistema

Traduzione di Roberta Granelli dell’articolo di Michela Angelini pubblicato su anguane nel 2012

Revisione di Laura Inter

Para los amantes de los animales, el nacimiento de una cría es seguramente el momento más conmovedor y emocionalmente. En mi experiencia como veterinaria, he tenido el privilegio de presenciar y asistir muchos nacimientos de pequeños/as potros o potrancas: primero llega el estruendoso rompimiento de la bolsa de agua, luego las contracciones empujan poco a poco a la cría hacia el exterior. Poco después, la cría estará agazapada cerca de su mamá y completamente mojada, y su mamá estará lista para darle los primeros y amorosos cuidados. Este puede ser el momento, en el que se hace evidente que las barreras entre las especies no están tan marcadas como creíamos: el amor de esta madre por su hij*, no es diferente del amor humano.

En unos cuantos días, el/la potro/potranca antes tambaleante, y después estable y fuerte, estará listo/a para correr alrededor de su mamá y explorar el pequeño recinto, o box, donde vive y en donde se quedará por no más de seis meses, porque luego tendrá que seguir su camino para convertirse en un animal explotado para sacar dinero, un caballo de carreras, un semental o una yegua para cría. Antes de abandonar el box o recinto, a los potros y a las potrancas se les pone un microchip y son inscritos, como machos o como hembras, en el censo equino.

Sin embargo, en la primavera del 2011, ocurrió algo inusual: de una yegua de trote, nació un* potr* intersex, o hermafrodita, o como lo definiría la terminología médica un “trastorno del desarrollo sexual” (DSD, por sus siglas en inglés). L* “pequeñ* DSD”, que desafortunadamente no tuve el placer de conocer, me lo puedo imaginar simpatic* y curios*. Seguramente, tiene la misma vivacidad de cualquier otr* potr* de su edad: duerme, se pone de pie, se alimenta, y brinca en el box vocalizando sus primeros y tímidos relinchos.

Pero, l* “pequeñ* DSD” es desafortunad*: de todas las formas de intersexualidad con las que pudiera haber nacido, le ha tocado la más evidente. Al observarl*, incluso una mirada inexperta podría notar la presencia de un pequeño pene cerca de la vulva.

Solo puedo imaginar, la vergüenza que pudo haber sentido el dueño al momento de preguntar al veterinario lo que debería de hacer, mientras que l* “pequeñ* DSD”, se alimenta gustosamente, ajen* a lo que está pasando al otro lado de las rejas del box: “¿Qué hacemos? ¿Lo registro como macho o como hembra?”.

Seguramente, el veterinario le dijo que lo que tenía en frente, no era un individuo fértil, ni como hembra ni como macho, y entonces nunca llegaría a ser ni yegua de cría, ni semental. “¿Qué esto no se podía saber desde la ecografía?, ¿Sería posible que nos hubiéramos podido liberar de este monstruo antes de que naciera?”, “¿Por qué a mí me tenía que pasar esta “desgracia”?”, seguramente se preguntó el dueño.

Sé que el veterinario, motivado por intenciones que desconozco, propuso una intervención quirúrgica sobre l* pobre “pequeñ* DSD”. Me lo puedo imaginar saboreándose al pensar en el artículo científico que podría publicar, mientras amputaba aquel vergonzoso pene/clítoris, intentando dar forma a una hembra “normal”, con una vulva “normal”, perfecta y maravillosa. Justo después de haber eliminado las gónadas, para evitar cualquier influencia hormonal que pudiera provenir de aquel ridículo órgano, que no es ni un ovario ni un testículo. Estoy segura, que en su mente, ya estaba surgiendo la imagen de un semidiós vestido de cirujano plástico. A fin de cuentas, ¿Qué es lo que hace un cirujano plástico si no ocultar las imperfecciones?, haciendo que la apariencia de quien se siente diferente, pueda estar más cerca de la norma. La única diferencia entre nuestro improvisado cirujano plástico veterinario, y un cirujano plástico para humanos, es que l* “pequeñ* DSD” ignora todo esto, y a diferencia de un hipotético paciente humano, no se siente ni diferente, ni anormal, ni fe*, ni rar*. Salta, olfatea, y observa con curiosidad el mundo a su alrededor. Sin embargo, no podría calificar para las carreras de caballos y, al ser estéril, no tendría ninguna otra utilidad. Por lo tanto, l* “pequeñ* DSD”, es sacrificad*.

La intersexualidad, en el mundo animal, no es un acontecimiento tan infrecuente como se pudiera pensar, pero, a diferencia de lo que sucede con el ser humano, a menudo pasa desapercibida y es registrada como “infertilidad”, ya sea en bovinos, ovejas u otros animales de granja, que son acusados de no cumplir con su trabajo y reproducirse, y por lo tanto, no producen leche, o son acusados de tener comportamientos parecidos a los del sexo opuesto. Al igual que lo que sucedió con l* “pequeñ* DSD”, estos animales se vuelven no-productivos y terminan en el matadero, sin que el ganadero se haga muchas preguntas. Pero hay una especie animal que, en mi opinión, recibe el peor de los tratos en lo que respecta a la intersexualidad: el ser humano.

Los médicos, observando y estudiando a las personas intersexuales, han redactado una lista de diferentes casos que se agrupan bajo el término “trastornos del desarrollo sexual” (o DSD, por sus siglas en inglés):

– Mosaicismo Cromosómico (no xx, no xy), 1 de cada 1.666 nacimientos.

– Klinefelter (xxy) 1 de cada 1.000 nacimientos.

– Síndrome de insensibilidad a los andrógenos (o síndrome de Morris) 1 de cada 13.000 nacimientos.

– Síndrome de insensibilidad parcial a los andrógenos, 1 de cada 130.000 nacimientos.

– Síndrome ovotesticular (o hermafroditismo verdadero) 1 de cada 83.0001

La intersexualidad, término que prefiero utilizar en lugar de “DSD” – debido a que este último tiende a patologizar -, es una variabilidad sexual natural que los humanos queremos eliminar porque no aceptamos nada que vaya más allá de la imagen bíblica de Adán, un macho viril, y de Eva, una hembra fértil.

Las dudas que asaltaban tanto al dueño como al veterinario del “pequeñ* DSD”, son las mismas que llevaron a la comunidad médica a diseñar el sistema de “normalización – invisibilización”, el cual, hoy en día, todavía está en uso y consiste en: abortos preventivos de aquellos tipos de intersexualidad que pueden ser diagnosticados durante el embarazo, e intervenciones quirúrgicas y hormonales sobre los recién nacidos que presentan formas genitales que no se ajustan a la norma, aunque no necesariamente tienen una apariencia ambigua.

En Italia, como de costumbre, somos ignorantes con respecto a ciertas temáticas y, al basarnos en concepciones muy antiguas sobre el sexo y la identidad de género, nos sentimos con el deber de proporcionar felicidad a est*s niñ*s jugando al cirujano plástico con sus cuerpos indefensos, y modificándolos una y otra vez. L*s niñ*s crecen, y las intervenciones de normalización – invisibilización, tendrán que repetirse por lo menos hasta la pubertad.

Nuestros médicos, al ignorar que la identidad de género no depende ni del sexo biológico, ni de la educación recibida, aconsejan a los padres ocultarle todo al niñ*, y no hablar con nadie sobre los medicamentos que toma, ni sobre las intervenciones quirúrgicas que le realizaron, ni sobre las que le tendrán que realizar.

Así, l* niñ* crecerá enferm*, sin saber la “enfermedad” de la cual es portador*, y castigad* por cualquier comportamiento que no sea congruente con el género impuesto por el médico urólogo. “¿Podría ser cáncer?”, “¿Moriré si dejo estos medicamentos?”, “¿Quizás moriré de todas formas de un día para el otro?”. Estas son las preguntas que surgen en un* chic* intersex, cuando descubre que está siendo medicado por algo que es tan terrible que no puede ser nombrado.

Al crecer, una persona intersex que ha sido “normalizada” para tener una apariencia más típicamente femenina (a través de cirugías), podría desarrollar una identidad de género masculina, sentirse hombre, porque esa pudiera ser su naturaleza. ¿Quién le explicará lo que le sucedió? ¿Quién le explicará que la ley 164/82 excluye a las personas intersexuales, y permite que sus características sexuales puedan modificarse*?

Quien nace con anomalías genitales, aunque no haya tenido problemas de ningún tipo, automáticamente viene adscrit* a la categoría de “monstruo que tiene que ser corregido o escondido”. Los padres, esclavos de una mentalidad que contempla únicamente la ropa rosa o azul, no cuentan con la información necesaria para aceptar la naturaleza del pequeñ* y así poder criarlo con tranquilidad. Son convencidos por los médicos, que se dicen expertos en intersexualidad, y terminan aceptando que su hij*, cuando es un embrión, tienen que abortarl*, y si no lo hicieron, tienen que intervenirl* cuando apenas es un* recién nacid*, primero su cuerpo y luego su mente.

La intersexualidad, al igual que el transgenerismo, es una enfermedad creada por la sociedad que no está dispuesta en aceptar que el sexo y el género, son categorías que se han mantenido gracias a nuestras mentes estereotipadas. Cada individuo, con su manera única de expresar su sexo, género y orientación sexual, expresa un tono diferente de cada color del arcoíris de la diversidad, que no prevé que existan todas aquellas jaulas en las que encasillamos a las personas diferentes a nosotros, para así, mantenerlos alejados de nuestros miedos.

Para mayor información:

Intersex horse found on Ontario farm

Hermaphrodite Horses Baffle the Racing Community

Laparoscopic Gonadectomy in Two Intersex Warmblood Horses

L’invisibilizzazione dell’intersessualità in Italia

1 Schober J. (2001), “Sexual Behaviors, Sexual Orientation and Gender Identity In Adult Intersexuals: a Pilot Study”, in The Journal of Urology, vol.165, 6, 2350-2353.

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